LA MARSELLESA


Esta canción, tan conocida por todos (aunque sólo sean las primeras notas y palabras), no nació en realidad en Marsella sino en Estrasburgo y tampoco la crearon los revolucionarios sino un capitán del ejército francés. Y entonces, ¿por qué ese nombre?.

Nos situamos en el año 1792, en plenos años de la Revolución Francesa. Lo primero que tenemos que saber es que, dicha revolución no fue un acontecimiento que se vivió única y exclusivamente en París y por unos días o semanas. Casi siempre asociamos la Revolución Francesa a Versalles, Luis XVI y María Antonieta pero este acontecimiento, que marca un antes y un después en la historia de Francia y de Europa, se desarrolló desde el año 1789 hasta el 1799, pasando por diversos períodos dirigidos por diferentes gobiernos en los que aquí no vamos a entrar a explicar.

Es cierto que todo estalló en el 1789 y es cierto que fue en Versalles puesto que allí es donde se reunía los Estados Generales pero no fue en esos momentos cuando apresaron al Luis XVI ni fue entonces cuando terminó el absolutismo y la monarquía. Lo cierto es que todos estos acontecimientos y los varios gobiernos se sucedieron a lo largo de una década y que, finalmente dio lugar al golpe de estado de Napoleón Bonaparte.

La Marsellesa en el Arco del Triunfo

Alegoría de La Marsellesa en el Arco de Triunfo de París

 

Centrándonos en lo que nos interesa, en el año 1792, las monarquías de Austria y Prusia veían peligrar sus privilegios por lo que estaba ocurriendo en el archienemigo país vecino, así que decidieron que tenía que invadir Francia para que esa Revolución que había estallado, no se propagase por el resto del Continente. Luis XVI, aún rey pese a que no ejercía el poder total, decide firmar la declaración de guerra contra los invasores.

En las ciudades fronterizas de Alsacia hacía semanas que se esperaba la declaración. Una de las ciudades más importantes, Estrasburgo, acogió la noticia con júbilo y ánimo, las gentes excitadas se volcaron en calles y plazas, las guarniciones desfilaban, los tambores y cornetas saludaban a los soldados y las bandas militares ejecutaban canciones militares. El alcalde de la ciudad, Dietrich, se puso sus mejores galas y leyó la declaración en la Plaza Mayor. En los clubs, en los cafés, en las calles, en las casas, todo el mundo gritaba: Aux armes, citoyens!, Marchons, enfants de la liberté! (A las armas ciudadanos. Marchad, jóvenes de la libertad).

Dietrich mandó repartir vino y comida a los soldados que, al día siguiente, partirían para el frente y al llegar la noche, reunió en su casa a los generales, oficiales y funcionarios para hacer una fiesta de despedida. En esa fiesta se encontraba un joven capitán llamado Rouget, que en 1791 había compuesto un himno con motivo de la Primera Constitución. En seguida Dietrich le animó a escribir otro himno pero esta vez que animase a los soldados que partían hacia el frente. Algo que pudiesen cantar y que contuviera los ánimos que se acababan de verter en calles y plazas, un himno que les empujase contra el enemigo y les hiciera vencerles en el campo de batalla. Rouget no pensaba que fuera un buen compositor pero aceptó el reto sin dudarlo.

La noche se desgranaba y Rouget paseaba de un lado a otro de su casa sin escribir nada,  las musas ese día no querían la guerra sino la paz. No dejaba de pensar que se había comprometido y que, al alba, debería tener algo que mostrar a Dietrich. De repente se paró. Como si una voz hablase desde su interior, comenzó a escribir las primeras palabras: Allons, enfants de la patrie, le jour de glorie est arrivé (Vamos, jóvenes de la patria, el día de gloria ha llegado). Rouget ha conseguido el comienzo pero antes de seguir, toma su violín e intenta darle música. Las primeras notas surgen sin pensar y encuadran la letra como si de un traje hecho a medida se tratase. Rouget no tiene que pensar mucho, los gritos de la calle, de las plazas, de las propias casas, le hacen llegar la inspiración a raudales, terminando el encargo en unos instantes. Las musas llegaron a tiempo pero ahora que ya han hecho su trabajo, se marchan y el sueño le vence. Rouget cae y duerme en el mismo instante. Acaba de nacer la Marsellesa.

Rouget cantando La Marsellesa

Rouget cantando, por primera vez, La Marsellesa.

¿Por qué el nombre de Marsellesa si se escribió en Estrasburgo?.

Rouget escribió en una noche el que sería llamado a ser el himno de Francia, aunque en aquellos momentos sólo se pensara en un himno para los soldados que partían hacia el frente. Lo cierto es que, pese a los esfuerzos de Dietrich y su esposa, la canción no pasó de “agradar” a una concurrencia selecta que se reunió esa misma noche en casa del alcalde y a una interpretación por parte de la banda militar en la Plaza Mayor para despedir a los soldados pero ningún General del ejército pensó en hacer que los soldados la cantasen en el frente lo que hizo que, el ahora inmortal himno, cayese en el olvido.

Tres meses después, en el otro extremo del país, en Marsella, se ofrece un banquete a los voluntarios que partirían al frente. Al igual que ocurriese en Estrasburgo, los jóvenes tienen la misma fe patriótica que sus compañeros del norte. Entre ellos se encuentra un estudiante de medicina llamado Mireur que, levantando su copa, comienza a entonar las notas de la canción olvidada de Rouget. La sala entera termina cantando y el sonido llega a las calles que se une a los soldados. En un abrir y cerrar de ojos, miles de personas entonan sus notas al unísono. Los soldados la llevan de marcha y allí por donde pasan, los campesinos la escuchan y corean. La multitud que, en Paris, espera a los voluntarios de Marsella para animarles en su última parada antes de llegar al frente, les escuchan entonar la canción y así, la llaman “La Marsellesa”. Las fiestas, las batallas, las celebraciones, las despedidas, todo terminaba entonando el nuevo himno, el himno de la libertad.

Paradoja del destino, el autor del himno de la revolución, no fue revolucionario. Pero la Revolución la hizo suya y la convirtió en un canto contra Austriacos y Prusianos, en un canto contra el poder del rey y la nobleza, en un canto de libertad. Tanto es así que es la voz que se escucha en el asalto a las Tullerías que hace caer a Luis XVI. Dietrich, alcalde de Estrasburgo y padrino de la canción, fue guillotinado. Luckner, a quien Rouget dedicó su himno, también. Generales y capitanes que fueron los primeros oyentes vieron como sus vidas acaban en la guillotina. El propio Rouget fue acusado de contrarrevolucionario, ya que su obra le superó y nadie sabía que él era el autor. A Francia sólo le salvará de la vergüenza de matar al creador de su himno nacional la caída de Robespierre y la apertura de las cárceles. En nombre de Francia, ¡Gracias, Rouget!.

 

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